julio 13, 2010

El Equilibrio Oblicuo

El mundo es relativo. Mal costumbre la nuestra en haber entendido el equilibrio como una balanza. La balanza se mira una vez y se juzga si está o no en equilibrio. No es justo, no hay revancha, no hay tiempo, es un instante. No hay nada que decir ni argumentar, se está o no. Parece como de un loco este criterio para juzgar o tal vez de un dios exigente.

Se nace y se muere. Hay que esperar, hay que vivir. Al final te miden o te medís. ¿Se puede elegir?

Los más crédulos esperan una recompensa más allá de lo evidente, una vida de sacrificios para que después la balanza se incline a favor. ¿Cuándo? Después. ¡No veo! Yo tampoco. ¿Y si no? ¡Calláte que perdés puntos! Los crédulos esperan, los que no, aprenden a no esperar.

Entonces, el crédulo cree en el desequilibrio y el incrédulo en el equilibrio. No parece muy lógico pero se puede entender.

Si fallas en el deber te toca pasar al hacer, sí porque a nadie le gusta hacer, entonces al que falla lo ponen a hacer. El hacer está garantizado por el errante humano, en el desequilibrio perfecto.

Un mandamiento obliga a hacer o a no hacer, obliga la razón sin dejarla pensar, la pone en desuso, la desestima, la encierra. Se nubla el presente, se pierde el equilibrio, pero la búsqueda no para, entonces se sueña con después. El efecto de un deber es otro deber: 2 veces un deber inclina la balanza.

El efecto de un derecho es un deber. En lugar de advertir que no me maten o que no maten yo elijo el derecho a vivir, vivir el derecho es el primer y único paso para el verdadero deber. Yo vivo y no mato. “Pienso luego existo”. Hay que soltar la razón en el límite de los derechos: 1 derecho y 1 deber genera equilibrio.

El crédulo termina desconfiando del otro, el incrédulo cree en él y por ende en los demás; Esta contradicción genera una sola razón, el crédulo se cae y el incrédulo se mantiene.

¿Y si todo es relativo? Entonces volvé a leer.

2010

junio 08, 2010

Un Fresquito en el Aire

Viernes. Me toca amanecer en Ibagué, el lanzamiento es a las 5:30 de la tarde y el último vuelo a Bogotá es a las 6:05, no alcanzo. Bueno, me madrugo el sábado y me devuelvo en el vuelo de las 6:55 de la mañana, si no está cerrado el aeropuerto como de costumbre.

Siempre le pido la ventanilla a la niña del counter. Esta vez me atendió una morena con lentes de contacto verdes que no terminaban de ajustarse a su cara, nunca supe si la estaba mirando a ella o a los lentes “No hay ventanilla en el vuelo Medellín - Bogotá, pero sí le tengo para el de Bogotá - Ibagué”. Me aburre estar en el pasillo, ¿para dónde mira uno? En bus, en taxi o en avión, siempre prefiero la ventanilla.

No suelo llevar afán, para qué si ya tengo la silla asignada; además siempre llevo equipaje de mano, una mochila, y si es del caso la guardo debajo del asiento de adelante. Tampoco he podido entender el comportamiento de la gente cuando para el avión y se paran de la silla inmediatamente, se quedan ahí 10 minutos inclinados y con el cuello retorcido esperando tontamente que la fila avance, con la puerta cerrada. Cuando pasa que alguien está en mi ventanilla le pregunto con voz amable pero firme, ¿qué silla tiene? Me parece increíble que la gente no pueda identificar cuál es su silla y que para colmo de males se pongan de mal genio, es una situación extraña pero la disfruto.

Entré casi de último al Fokker 50 rumbo a Ibagué después de bajarme del busesito rojo.

Y ahí estaba, otra vez alguien en mi ventanilla.

Pero esta vez no pregunté como de costumbre, esta vez fue diferente: Una señora ya de edad, medio robusta, con sus ojos totalmente cerrados, desparramada sobre la silla y recostada en la ventanilla; ama y señora de la 20K. Nada que hacer, me resigné y me senté a su lado sin saber para donde mirar.

Lo primero que noté fue su blusita de tela medio acartonada, de un rosado intenso, fucsia para ser más exactos, pero no muy fashion, seguro le gustó la tela por su textura rugosa de punticos alargados y se la llevó a su sastre de confianza para que le hiciera una prenda a su medida como de costumbre. Pelo corto y ondulado tinturado de café medio naranja. Esperé ver un maquillaje intenso y fucsia en sus párpados, pero para mi sorpresa, era bastante sobrio. Sin duda la señora se llamaba Rosalba.

Empecé a sentir un leve mareo. Claro, es que el avión se estaba moviendo pero yo no podía ver, y además en reversa. Casi no me logro adaptar cuando pude mirar por la ventana de Rosalba. Siempre me pasa cuando el avión está en la pista y yo en pasillo, sin saber para donde mirar.

Aparte de mi manilla verde, yo llevaba puesta una camiseta tipo polo también verde. La excusa perfecta del color de la marca que iba a representar y además de mi partido. Algo divertido para lucir atravesando el país, una valla móvil de esperanza y autenticidad.

Hemos comenzado el descenso”, se oyó. Eso despertó por fin a Rosalba quien trato de incorporarse de inmediato, mirando a su compañero de viaje y recomponiendo su postura.

Entonces, un momento después me preguntó:

- Rosalba: Oiga, ¿usted si votó por Mockus, o no votó?

Yo feliz porque alguien había notado el código verde, y fingiendo no haberme sorprendido le respondí a su acento bogotano sin saber de qué lado estaba ella:

- Mauricio: Sí, claro!

- R: ¿Y va a votar por él en segunda?

- M: Hombre claro que sí, está muy difícil, pero no imposible. Y hay que apoyar, si los que votamos por él no lo hacemos, entonces estamos fregados.

- R: Pues sí, tiene razón.

Después de haber contestado dos de sus preguntas me tocaba el turno.

- M: Y usted, ¿por quién voto en primera y por quién va a votar en segunda?

- R: Yo también vote por Mockus, pero está muy difícil para la segunda vuelta.

- M: Sí sí, está complicado, pero no imposible. –Insistí–.

- R: No si claro, yo voy a volver a votar por Mockus en segunda, hay que apoyar.

- M: A mí me da desilusión por que a la gente no le gusta oír la verdad. Santos jura en todos los debates que no va a subir los impuestos, pero lo cierto del caso es que le va a tocar subirlos. Hasta su mismo asesor económico, Juan Carlos Echeverri, dice que si en unos años ven que no alcanza el presupuesto entonces subirán los impuestos. A mí me parece más sensato que Mockus lo diga de una vez, así no sea algo muy popular.

- R: Sí, es que fíjese que el hueco fiscal no es de 3.5% como dicen ellos, sino que puede llegar a ser del 4.5%. Lamentablemente esas son politiquerías y discursos populares para conseguir votos.

Me sorprendió gratamente su respuesta, sobre todo por la tranquilidad con que lo dijo y por sus años, y me aseguré entonces que ser verde no es de jóvenes locos, sin criterio y rebeldes como se dice por ahí.

- R: ¿Y usted está trabajando en la campaña con Mockus, viene para Ibagué a hacer campaña?

- M: No, yo no estoy trabajando directamente en la campaña pero sí he hecho campaña con mis amigos, compañeros de trabajo y familiares; libre e individual, con sentido de responsabilidad.

Rosalba se sonrió, creo que con algo de aprobación y ternura de mamá.

- R: Yo en cambio soy empleada pública, por eso no se me permite hablar mucho del tema político. ¿Y entonces a qué viene?

- M: Vengo a hacer un lanzamiento ahorita a las 5:30 y me regreso mañana temprano en el primer vuelo. ¿Y usted?

- R: Vengo a dar unas clases, doy una hoy, mañana sábado la otra y me devuelvo.

- M: ¿Y viene a dar clases de qué?

- R: De impuestos.

- M: Ah, entonces usted si sabe de lo que habla.

- R: Sí, claro!

Y entonces, al lado de Rosalba, sentada en mi silla, sentí un fresquito en el aire.
2010

abril 14, 2010

Cómo Perder El Sentido Común

Veo a muchos que conozco pero no les hablo, en cambio hablo con muchos que no conozco.

La fórmula:

Diariamente vas a entrar a un recinto a convivir con aproximadamente 73, cada uno tiene nombre, apellido, forma de decirle, lugar, función, tiempo transcurrido, ah y un código a dónde llamarlo... y también una posición. Cada uno es una forma totalmente novedosa, un nuevo tono de voz que puede no coincidir con su apariencia, una apariencia para intuir algo, para deducir una nueva historia; parecen muy extraños, sólo unos pocos parecen como familiares. Es como entrar a un avión lleno y ver que de repente todos los pasajeros son tus amigos, como un puñado aleatorio de cierto pedazo de la ciudad que está ahí, lo que pasa es que desde el piloto hasta el último pasajero ya se conocen y acabas de entrar, solo y con cara de no saber qué cara poner. Igual, todos te dan la bienvenida al nuevo recinto de cemento y pantallas de una forma realmente formal y calurosa. Sin embargo algunos de entrada te previenen sobre lo difícil y tortuoso que puede ser el recinto, oh sí, con la resignación desbordada por toda la cara y esperando que te pase lo mismo con media sonrisa en la boca, y tu pones cara de no saber qué cara poner.

Estarás allí mientras el sol esté en el cielo, no es que te quieran proteger del sol, sino que al parecer es mejor estar en el recinto todo el día, y vos ya.

También existen por lo menos otros 25, pero viven por fuera y al igual que los anteriores tienen nombre, apellido, forma de decirle, un recinto con nombre y color diferente al tuyo, pero en muchos casos no se sabe qué función o posición tienen. Estos pueden vivir en otra ciudad o país, nunca los ves, quizá nunca los verás, les conoces la voz y si acaso te formas una figura en la mente, un color o un lugar abstracto para relacionarlo cuando toque otra vez, y sí que los necesitas.

Vamos en 98.

Ahora te comunicas por escrito, porque es mejor que todo quede por escrito. Es que las palabras habladas no valen tanto. Se cambia de tono al escribir o hablar en una reunión; lo mejor de todo es que hay algunas especies que se jactan de no haber sido los mejores en matemáticas pero se nota a leguas que tampoco lo fueron en español, son simplemente talentos escondidos o a lo mejor tienen un contagio temporal del virus.

Te vistes como dice el manual, es tan efectivo que hasta se ven camisas, pantalones, aretes, zapatos, relojes, pulseras y accesorios repetidos. Lo mejor es un cinturón que te quiere partir en dos, que no te deja mover muy bien, pero vas a ver lo bien y erguido que vas a caminar con la camisa por dentro. No es que los brazos de los hombres sean feos y no se pueden mostrar, pero alrededor de la muñeca debe ir el extremo de la camisa asegurado con un botón, no sé, pero tampoco puedes doblar bien el codo porque se te mete un montón de tela en la comisura, ah y los zapatos son como para un mostrador de tienda porque nunca los escogerías para ir de paseo o para caminar más de 2 cuadras un domingo, ni siquiera para ir a cine.

Allá harás lo que mejor sabes hacer en tu vida, 5 años para hablar y sentarse, escribir, contestar, preguntar, escribir, pedir, recibir, nunca recibir, nunca pedir… y entonces, nunca pensar. Hay una constante lluvia de tensiones aleatorias y tu puedes ser el elegido algún día. ¿Hoy llovió, tembló? Cuándo, no sé. ¿Que en EEUU qué? ¿Fútbol, cuándo hay fútbol? No he almorzado y ni siquiera desayuné. No se le ocurrió antes que era más fácil enviarlo por mail a que lo enviaran desde el otro lado del mar en CD. ¿Es que no ve que eso no es verde sino gris?

¿Cuándo vivir? No pero estoy cansado. Hay que ir. A hablar y sentar, escribir, hacer, contestar, preguntar, escribir, pedir, recibir, nunca recibir, nunca pedir… y entonces, nunca pensar.

El tema de que todo es un tema definitivamente es un tema. Finalmente “pienso que definitivamente este es un tema fundamental al que tenemos que hacerle un buen proceso, revisarlo y velar porque se ejecute bien, porque de lo contrario no vamos a tener un buen resultado. Propongo que le hagamos seguimiento al tema cada semana si es necesario”. Sorprendente no?

Y pueden llegar a ser 120ypunta.

Después de un tiempo te preguntarás, ¿y quién manda en el recinto? O peor aún, ¿cuál es tu casa?

El resultado: Puede tardar un buen tiempo en notarlo, pero se garantiza la efectividad del virus en un mes.

2010

febrero 09, 2010

Menuda Normalidad

Como las novedades siempre causan asombro e interés, gran parte de los pensamientos de ahí en adelante se encarrilan al análisis de tal novedad. Por eso es cierto que quien no pierde su capacidad de asombro y quien puede notar singularidades en las situaciones normalmente normales para el normal de la gente puede desmenuzar más a menudo situaciones menudas con el fin de... –no, sin el fin, pues esto resulta bastante espontáneo– más bien, abriendo un sinfín de posibilidades de análisis que llevan a un nuevo espacio en el razonamiento, encontrando cada vez nuevas piecitas para meter en sus cajones, obteniendo así una mente más completa y porqué no, compleja.

De lo anterior se deduce que un cerebro nutrido proviene de una intención analista y autocrítica que se traduce en autenticidad y poder creativo.

Por eso amigo lector, no deje de montar en bus, hacer recorridos a pie, hablar con taxistas, guardar silencio, jugar con mascotas, escuchar música y escribir, porque a menudo, resultan cosas más interesantes de lo normal.

Marejada de Colores, 2005

Teléfono Roto

¡Riiing!

¡Riiing!

¡Riiing!

– ¿Aló?

– quiubo tía.

– ah bien tía, gracias.

– no nadita, estudiar juicioso como siempre.

El morral cruzado sobre su hombro derecho le hizo sentir que estaba de afán, pues lo primero que hizo después de girar las dos cerraduras para abrir la puerta fue contestar el teléfono, aún sin prender la luz en ese Jueves de noche cálida de Septiembre que le advirtió que en casa no había nadie y que saciar el hambre que llevaba le iba a costar más tiempo y esfuerzo que de costumbre.

– no, no está.

– tampoco está, es que yo acabe de llegar de la universidad y aquí no hay nadie.

– no ni idea tía.

Claro que perdió su afán luego de conocer que tendría que prepararse la comida por sí mismo y que entonces esta no sería una muy parecida a la que tenía en mente camino a su casa; prendió la luz y se distrajo reparando en el espejo su apariencia, su camiseta y su jean roto mientras erguía su espalda y sus hombros para parecer mejor, e ignoraba a medias la conversación telefónica que sostenía con su tía, pues ambos se sabían de memoria el protocolo de este tipo de llamadas.

– ah sí, eso me contaron.

– sí, muy bueno.

– (...)

– aja.

– claro...

– no, pues si querés tía apenas llegue le digo que te llame... ¿o le querés dejar alguna razón?

– aja.

– aja...

– mmmm...

– ah bueno tía.

– ok.

– bueno pues.

– bueno...

– gracias tía.

– aja.

– sí, claro.

– listo.

– bueno.

– bueno chao.

– chao.

Colgó el teléfono y se sentó de espaldas al espejo en una sillita café, y sin quitarse el morral sacó de allí un cuaderno para ver el dibujo de un personaje japonés que había hecho en clase de 6 de la tarde mientras el profesor resolvía con detalle un examen que no le interesaba, pero como en ese momento escapar del salón le pareció un gesto grosero, prefirió dibujar en las últimas hojas de su cuaderno para lograr distraerse.

Ahí, sentado en casa, mientras observaba de nuevo el dibujo y recordaba las vagas palabras del profesor y la de sus compañeros pidiendo explicaciones o haciendo reclamos estúpidos para parecer muy interesados en la materia develando tontamente su interés material por la nota, se sintió de nuevo flotando en el pequeño salón de clase, en donde al levantar la mirada podía verlo todo desde más lejos y en cámara lenta, y paradójicamente, era así como el tiempo volaba y daban las 7:30pm para poder irse a su casa. Entonces, ahí sentado sintió repentinamente la necesidad de levantar la mirada del dibujo para observar la casa, pero no logró escapar de su estado levitante y ahora extraño, pues resultó que fue uno de esos momentos en los que fatalmente se cae en cuenta de los detalles de un sitio tan crudamente común como la sala de la propia casa, y la vio diferente y se sintió ajeno y raro. Por más que reparaba en cada detalle no lograba safarse de su incomodidad, entonces se paró y rápidamente se volteó para mirarse al espejo, pero no funcionó. Se encontró enfrente con alguien igual a él pero no lograba reconocerlo, era como un extraño déjà vu. Mejor o peor, este último encuentro con su imagen apenas lo sorprendió al darse cuenta que no sentía ni miedo ni más rareza o incomodidad, sino vacío o lleno de nada, pero con oído y vista, aunque ya no más gusto, olfato ni tacto.

Sonó el timbre.

Escuchó voces afuera.

Mientras se alejaba del espejo alcanzó a reconocer la voz de su mamá y su papá riendo y la de un joven regañándolos por haber tocado el timbre sin recordar que no había nadie en casa; esta última le era una voz muy familiar, tal vez la de uno de sus hermanos, pero luego pensó nunca haberla oído antes. Escuchó las llaves entrando en la cerradura y abriendo la puerta. Pudo ver delante del personaje de la voz joven como efectivamente entraban su mamá y su papá, quienes al pasar se preguntaron mirando hacia atrás “¿quién dejó esta luz prendida?” Ahí parado quiso acercarse a responderle a sus padres para sorprenderlos y contarles lo aliviante que era saber que habían llegado porque podrían preparar juntos algo de comer; sin embargo, aparte de que por más que lo intentó la voz no le salió, escuchó cómo la voz joven cerrando la puerta respondía “yo no fui” y crudamente volvió a la misma sensación de la escena del espejo… ¡era él mismo!, aunque ahora sí logró reconocerse, vivo, era otro, pero él mismo. Parado enfrente del espejo siguió observándose inmóvil con el mismo vacío que no pudo dejar de lado y mientras su mamá pasaba hacia el interior de la casa se miro al espejo, la pudo ver de frente, y entonces entendió que nadie notara su presencia ni pudiera verlo.

Le dio una última mirada a su otro yo y salió vagamente de la casa sin abrir la puerta, para siempre.

2008

diciembre 10, 2009

Rubias Morenas Pelirrojas

Estaban todas, seguro que no faltaba ninguna porque habían sido contadas con sumo cuidado. Una tras la otra, bien arregladas con sus trajes rojos brillantes que dejaban ver algunas estructuras de aluminio, listas para salir del remolque del camión a cumplir con su deber.

Al fin abrieron la puerta y reconocieron a los mismos tres hombres con los rostros largos, barbados y paquidérmicos que las habían montado y arrumado dos días atrás: eran el conductor y sus dos ayudantes. Ellos las trataban con el mínimo respeto que a su parecer les merecían y no con mucho cuidado; sabían por órdenes del jefe que ellas debían llegar impecables, pero no se esforzaban si a lo mejor una o unas iban encima de la otra.

Fueron acomodadas en el local que estaba en la esquina donde paró el camión, de a cuatro porque así lo exigía el dueño del sitio y sus clientes, claro; y aunque algunas fueron acomodadas de a dos y otras de a seis todas carecían de la posibilidad de hacer o decir algo al respecto.

Sin embargo hubo una que quedó sola, mucho más retirada de sus compañeras. En un principio todas sintieron envidia de ella y ella hasta llegó a sentirse privilegiada porque su ubicación era poco visible y el estar sola podría ser una ventaja.

Claro que no fue así. De ahí en adelante iban a ser muchos sus dueños. Llegaban a utilizarlas por el tiempo que pagaran por estar ahí, más que todo en la noche, cuando había más trajín. En la tarde había poco movimiento porque sus exclusivos clientes tenían una jornada laboral común y corriente –aunque que no faltaba el conchudo–, y la mañana se empleaba para descansar y hacer el “mantenimiento” necesario.

Pasaron 3 años y nuestra solitaria amiga sufrió como ninguna otra, fue entre todas la que recibió un mayor desprecio, y claro, el paso del tiempo, tanto polvo y su soledad, la pudrieron.

Fue así como en ese local de esquina de barrio maloliente, donde rubias morenas y pelirrojas atendían a diario a sus deseosos clientes, una silla que nadie vio ni estrenó fue condenada, por haber sufrido el desengaño del privilegio y por tener que soportar el peso de la nada, mientras las demás sillas sí soportaban, dignificaban su profesión y lucían orgullosas sus vestidos rojos brillantes.

2008

noviembre 15, 2009

Ley del Amor: Capitulaciones Obligatorias.

"In this country, you gotta make the money first. Then when you get the money, you get the power. Then when you get the power, then you get the woman."
Tony Montana.

Cualquier lunes o jueves en la mañana en una cotidiana conversación de esas de actualización necesaria “ya hemos hablado del tema varias veces y no, definitivamente niñas yo pongo la cuota inicial y que él pague el resto del apartamento… o ustedes que dicen?" se oyó tras las persianas donde tres viejas compañeras hablaban sobre un próximo e inevitable matrimonio igual a todos los matrimonios de ese año, con todo lo calculadora que resultaba una de ellas, la de la idea, y por ende las tres en conjunto.

Escuchar ese tipo de conversaciones aleatorias casi siempre lleva a dos tipos de análisis, el subjetivo y propio, y el socioeconómico y objetivo.

El primero me hace a un lado, me revuelca y me da ganas de revolcar y debatir el argumento hasta el cansancio, con la excusa perfecta de que además estas tres protagonistas lucían un bello color rubio en sus lisas (naturales o no, creo que no) cabelleras brillantes, y claro, una uniformidad cíclica entre las tres que pretendía lucir lo auténtica que es cada una, cómo no. Con tantas excusas aprobadas por sus iguales para hacer lo que su pobre, íntimo o jamás permitido sentido común pudo sacar desde la primera vez que lo intentaron usar, y que termina confundiéndose con el límite de los demás sentidos comunes, si es que existieron, entre una multitud cuantificable destinada a vivir y hacer vivir lo mismo a otros tantos a lo mejor iguales.

Ese silencio impuesto al interior de la cabeza desde quien sabe dónde, es un claro reflejo celestial, donde se funden la aprobación y obviamente nace, pero en el lado oculto, la doble moral, el pecado.

La necesidad básica de pertenecer, de compartir lo mismo, de gustarme lo mismo, es el primer resultado de la religión católica (que es la única que conozco), fruto de la tierra y del trabajo de los hombres, donde todos vamos por el mismo camino, con los mismos permisos, con un destino trazado desde arriba pero al que de todas formas se le reza para que sea mejor ¿mejor de lo que ya está escrito, mejor para vivir cuándo?

El dinero, conseguido por algunos, merecido sin esfuerzos por otros, enajenado por otros tantos, al final, es el medio. Desde “virgen maría dame puntería” hasta “pregunte por lo que no ve” y “en esta bolsita traigo de todo, la visión para el ciego, la salud del enfermo”, el engaño tiene aprobación social para lo que llamamos el rebusque de la vida, es la excusa en masa de la supervivencia, el primer paso para lograr el objetivo. Y el segundo, es casi inmediato al dinero, el poder. No necesariamente el poder de mando, manipulación o soberanía al que tantos quisieran llegar, sino el poder de ser-capaz-de, de tener-facultades-para, del mundo de las posibilidades.

Y en este mundo de las posibilidades están parados ambos, los que las tienen y los que no, los que las buscan y los que las encuentran, gracias a dios o al pacto con el diablo, el bien y el mal se encuentran en la calle, el oportunismo a flor de piel. Ahí se vende, se compra, se malicia, se vuelve y se vende, y se compra más caro, cada vez para poder más, desde lo simple hasta lo absurdo, todo con el grandísimo y oculto impulso del ego. Se pasa por encima de todo, gobiernos, vidas, valores, más vidas, dineros ajenos, destinos cambiados, bancarrotas, loterías, casualidades y el esfuerzo de toda una vida construida, porque al final, el ser es definitivamente insoluble, como lo son la forma y el fondo, sin entrar a discutir si el fin justifica o no los medios, van siempre en la misma dirección, bien o mal, correcto o incorrecto, debido o indebido.

La forma es la iglesia, el valor del amor, el sacramento del matrimonio, la comunidad, la aceptación social, la familia y los amigos.

El fondo es el dinero, el poder y la mediocridad.

Si la iglesia y el dinero no fueran un matrimonio en todas sus expresiones no habría historias podridas, trampas, vidas vendidas y compradas, hombres y mujeres infelices, infidelidades fatales y suicidios infalibles.

De la misma forma que existe la opción de hacer Capitulaciones a la hora del matrimonio, se entiende como inexplicable el hecho “natural”, que quien sabe quien se lo habrá inventado, de participar de la riqueza del otro, marido o mujer, por el simple hecho de casarse.

Este absurdo intangible debe ser un veto constitucional, por un país mejor y una sociedad más auténtica. La ley del amor: Capitulaciones Obligatorias.

2009